¡Qué bonita familia!

Por Natalia Lara
Dime cómo está la familia que tienes y te diré como eres.

Érase una vez un reino muy, muy lejano, en donde vivían diferentes tipos de familias. Junto a la muralla, vivía un hombre que se había enamorado de una princesa de otro pueblo, la había llevado a su casa, le había cortado el cabello, las uñas, le había puesto ropa de duelo y después de hacerla llorar durante 30 días, había decidido abandonarla [Dt 21:10-14] … o eso parecía, pues la mujer salió de la casa y nunca más volvió a hablarle al hombre. Una cuadra después estaba una familia en pleito, pues un hombre que tenía dos esposas se había aburrido de la primera, y ahora que estaba heredando a sus hijos en vida, se negaba a asignarle al primogénito de su primera esposa, la doble porción de la herencia que le correspondía [Dt 21:15-17].

Al costado de la plaza una pareja sostenía una fuerte discusión, pues luego de la noche de bodas y tras una gran fiesta, el hombre alegaba que la mujer no era virgen, mientras que los padres de la novia se aferraban celosamente a la sabana nupcial que testificaba de su virginidad [Dt 22:13-19]. Un poco más allá, un hombre acababa de descubrir a su esposa en adulterio con otro [Dt 22:22] y en la acera de al frente, habían encontrado a una mujer comprometida a casarse acostada con un hombre diferente a su prometido, sin que hubiese pedido ayuda, aunque ella alegaba que él la había forzado [Dt 22:23-24].

Pero no solo eso estaba sucediendo… pasando el puente, vivía una pareja que no se la llevaban muy bien, pues habían caído en fornicación y ya que ella no estaba comprometida para casarse, el debió pagar al padre y casarse con ella, así que no eran muy felices [Dt 22:28-29]. Y a la vuelta se veía una mujer sola y amargada, pues en dos ocasiones ya, se había divorciado así que no podía volver a casarse, aunque su primer esposo la buscaba nuevamente [Dt 24:1-4].

Pero el caso más triste estaba antes del pozo, en donde los padres de un pequeño de 13 años habían decidido de común acuerdo, llevar al chico a los ancianos de la ciudad, pues ya no sabían qué hacer con él, era indócil, rebelde, desobediente, borracho y glotón… y se temían que al entregarlo fuera condenado [Dt 21: 18-21].

Finalmente, a las afueras del reino estaban los que estaban excluidos de la congregación por causa de tener antepasados no conversos: los nacidos de incesto y adulterio [Dt 23:3], los hijos de amonitas y moabitas antes de la décima generación [Dt 23:4] y los descendientes de los edomitas antes de la tercera generación [Dt 23:9].

Lo que ocurre en ese reino es de lo que nos habla la parashá de esta semana כי־ תצא Ki-tetse [Dt 21:10-25:19]: sobre las leyes ordenadas por el Eterno para resolver los asuntos de familia. Pues si bien, Israel es el pueblo sobre el cual descansa la promesa de bendición de Hashem [Dt 7:7-8], Di-s era consiente que al interior de las familias habían muchas cosas aún por arreglar, por lo que dejo establecido en esta porción los mandamientos pertinentes para dirimir estos asuntos.

En nuestros tiempos nadie es apedreado por fornicar antes del matrimonio [Dt 21:20-21], ni por ser un hijo rebelde [Dt 21:21], ni por adulterio [Dt 22:22], ni por violación [Dt 22:24-25], ni siquiera, por secuestro [Dt 24:7] como se ordena en ésta parashá. Pero ahora, más que nunca hay un llamado urgente a corregir el rumbo de las familias, pues cada caso expuesto en ésta parashá es el pan diario en nuestra sociedad: relaciones pre y extra-matrimoniales, divorcio, homosexualismo, unión libre, etc.

Mantener en pie una familia va mucho más allá de garantizar su provisión económica y sostener la apariencia de una familia feliz… Y la familia, es un llamado tan importante, que de nada sirve ser un ejecutivo exitoso, prospero en los negocios, maestro de enseñanza o ministro de alabanza, si al interior de la casa lo que reina es el caos, la infelicidad dentro del matrimonio o la desobediencia en los hijos. El testimonio más importante que debemos entregarle al Eterno no son multitudes de conversos sino una familia firme y fiel a Hashem.

Si bien, como enseña esta parashá “No se dará muerte a los padres por la culpa de sus hijos, ni se dará muerte a los hijos por la culpa de sus padres” [Dt 24:16], los errores que cometemos los padres le pasan la cuenta de cobro a los hijos. Cuando no se tiene una vida de oración, no se estudia la torá diariamente, no se corrige a tiempo un hijo, se le da mal ejemplo o se es permisivo o excesivamente autoritario; el resultado se ve ya en la adolescencia: desde el hijo desobediente, obstinado, rebelde, libertino y borracho del que habla esta parashá [Dt 21:20]; hasta chicos con doble vida, que aparentan santidad en casa o en la congregación, pero no tienen una buena relación con Di-s, no gustan del estudio de la torá e incluso muestran rebeldía, oposición a la autoridad y hasta pueden llegar a conductas de agresión a ellos mismos o a otros.

La palabra familia en hebreo es מִשְׁפָּחָה mishpajah (S. 4940], y no solo se refiere al círculo de parientes, sino también a una clase de personas o animales, una especie o incluso una tribu.  Es curioso porque su raíz es שָׁפָה shafah (S.8192) que es un verbo que se refiere a estar en lo alto, sobresalir, desgastar y también estar desnudo. Probablemente porque todo esto es lo que hace una familia: resalta tus cualidades y defectos, tiene la capacidad de limarte – desgastarte – en el trato con tus semejantes y desnuda todo cuanto eres… Pero nada de eso es negativo, por el contrario, solo al interior de la familia es que Hashem puede tratar y pulir realmente lo que somos para llegar a la estatura de Mashiaj.

En ésta parashá, se resaltan además muchas cualidades que son obligación de los padres enseñar a los hijos mediante el ejemplo:

  • Misericordia: devolver lo que está extraviado [Dt 22:1-3], cuidar de los animales [Dt 22:4,6-7,10; 25:4], no entregar el siervo al amo que lo maltrata [Dt 23: 16], tener compasión del pobre y respeto por su casa [Dt 24:10-13], no imponer castigos excesivos [Dt 25:2-3], la ley del levirato [Dt 25:5-10].
  • Generosidad: no prestar a interés al hermano [Dt 23:20], no ser avaro [Dt 23:25-26], no tomar en garantía de un dinero el instrumento de trabajo de alguien [Dt 24:6], no oprimir al asalariado [Dt 24:14], cuidar del extranjero, del huérfano y la viuda [Dt 24:17-21].
  • Moralidad: Mantener las diferencias entre hombres y mujeres [Dt 22:5], no profanar el lecho del padre [Dt 23:2], no contaminar el campamento con excremento [Dt 23:13-15], no caer en prostitución ni homosexualismo [Dt 23:18], no hablar mal de otros [Dt 24:8], no golpear a otro en sus genitales [Dt 25:11].
  • Responsabilidad: Garantizar las medidas de seguridad [Dt 22:8], cumplir las promesas al Eterno [Dt 23:22], pagar a tiempo [Dt 24:15], tener medidas exactas [Dt 25:13-15].
  • Identidad: usar los tzit tzit [Dt 22:12], recordar de dónde nos sacó Di-s [Dt 24:22].

Di-s prometió a Abraham que por medio de él serían bendecidas todas las familias de la tierra [Gn 12:3]. Y ésta promesa se cumplió en Yeshúa, pues según enseña ésta parashá, el colgado de un madero es maldito de Di-s [Dt 21:22-23], y cuando Yeshúa asumió ese tipo de muerte, nos rescató de la maldición que nos habíamos impuesto por causa del pecado, al hacerse maldición por nosotros [Gal 3:13]. Es por eso que aunque en otro tiempo éramos excluidos de la congregación, gentiles por nuestro origen biológico, “separados de Mashiaj, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Di-s en el mundo” [Efe 2:12], luego de la muerte de Mashiaj, a quienes creemos en él cómo salvador y hemos asumido la torá como modelo de vida, no solo se nos otorgó la misericordia de ser llamados hijos de Di-s [Jn 1:12] sino también la posibilidad de no ser extraños ni extranjeros, sino miembros de la familia de Dios [Efe 2:19].

¡Shavua tov!