Parashá

Bereshit

Génesis 1:1 - 6:8
Por : Natalia Lara

 

Ellos callan lo que ellas dicen

“Porque cuando Di-s creo la mujer no solo quiso que fuera diferente al varón, sino que se encargó de que fuera su parte contraria”

Cuando Di-s creó a la mujer, él tenía en mente que toda ella sería diferente del varón. Incluso más allá de diferente, el Eterno la definió como su ezer kenegdo [Gn 2:20], es decir עֵ֫זֶר (ezer, Strong H5828) que traduce ayuda y נֶ֫גֶד  (neged Strong H5048) significa contraria: literalmente no somos solo diferentes ¡sino que somos opuestos!

Y es que las diferencias entre hombres y mujeres van mucho más allá de lo evidente: los rasgos faciales, el tono de voz y la distribución de la grasa y los músculos. Ya desde la concepción existe un pequeño detalle al nivel más íntimo de la célula, el material genético divide nuestra especie en un grupo XY -de donde saldrán los hombres- y un grupo XX -de aquí vendrán las mujeres; esto porque el cromosoma que nos hace diferentes es el Y, el cual contiene el gen SRY que será el responsable de que se produzca la proteína SRY que va a impedir la formación de ovarios – exclusivos de las mujeres – y va a estimular la producción de testículos, lo cual será determinante en el sexo de los órganos reproductivos y por tanto definirá si el individuo es macho o hembra.

Esas diferencias que inician en los órganos sexuales se extienden a través del cuerpo, con patrones diferenciales de alimentación (mayor cantidad y requerimientos para los hombres), cambios en la distribución y acumulación de la grasa corporal y una pelvis más ancha para ellas y un fémur más largo para ellos. Incluso a nivel de los procesos de salud y enfermedad, existe una percepción mayor del dolor en los varones, pero es más frecuente el dolor en las mujeres, hay diferencias en el comportamiento de los medicamentos en el cuerpo, mayor cantidad de accidentes cerebro vasculares en mujeres y de ataques cardíacos en hombres y una mayor longevidad y menor mortalidad en las mujeres.

Y este proceso va aún más allá a nivel cerebral, en donde – por lo menos biológicamente hablando – se asientan las emociones y los pensamientos. Existe evidencia de un mayor tamaño cerebral y cantidad de neuronas en hombres, pero mayor cantidad de interconexiones en mujeres las cuales funcionan más rápido (Afifi, 2006). Asimetría entre el hemisferio derecho e izquierdo en hombres pero no en mujeres, lo que permite un proceso paso a paso en ellos versus un pensamiento multinivel en ellas (Gil-Verona J y cols, 2003). Mejores procesos viso-espaciales en hombres (Gil-Verona J y cols, 2003). También hay una mayor cantidad de neuronas en espejo en las mujeres, por lo que ellas reconocen mejor el lenguaje corporal negativo o neutro, mientras que los hombres reconocen mejor el lenguaje alegre o positivo (Christov-Moore L, 2014). De tal modo que pareciese predominar en el cerebro femenino el lado empatizante y afectuoso, mientras que el cerebro masculino es más sistematizante, menos emocional y más cognitivo. (Christov-Moore L, 2014).

Los hombres concentran información, las mujeres la comparten. Ellos se fijan más en el objetivos, en la meta; mientras ellas identifican fácilmente las relaciones entre los diferentes elementos del sistema. Mientras los caballeros identifican fácilmente el blanco que las mujeres (por eso son mejores conduciendo), las damas logran ver los puntos laterales que podrían ser ciegos para ellos.

Y no se trata de una guerra de sexos. Ni de decir que ellos son de Marte y ellas de Venus. Solo se trata de reconocer las maravillosas diferencias que hizo el creador cuando decidió: “Hombre y mujer los creó” [Gn 1:27] ¿El porqué de estas diferencias? La palabra nos enseña que “Di-s le da el cuerpo que quiso darle, y a cada clase de semilla le da un cuerpo propio” [1 Co 15:38]. Y una de las razones de estas diferencias tiene que ver con los propósitos a los cuales están llamados hombres y mujeres, pues cada uno tiene tareas y retos diferentes.

La mejor muestra de ellos es el lenguaje, biológicamente se ha demostrado que existen mejores procesos comunicativos en mujeres, pero procesos más especializados en hombres (Parra-Gamez L, 2009). De hecho, la palabra אדם (Adam, Strong H120) que se usa para describir la creación del hombre está emparentada con אדמה (Adamá, Strong 127) que significa tierra, la cual se relaciona con el silencio; mientras que חַוָּה (Java, Strong 2332) como se llamó la primera mujer [Gn 3:20] se relaciona con el verbo חָוָה (Javah) que significa declarar. En parte por eso, uno de los retos de los hombres es aprender a hablar mientras que el desafío para las mujeres es aprender a callar.

El hombre es dador mientras la mujer es receptora, tal como esta escrito “Y Adam conoció a su esposa” [Gn 4:1], fue él quien tomo el rol activo y no ella. Y no solo porque sea el hombre quien da la semilla y la mujer sea quien la incuba; sino porque en general los hombres son generadores de ideas, mientras que las mujeres funcionan más como incubadoras de esas ideas. Es por eso que la parnasa (provisión) fue una tarea asignada por el Eterno al varón [Gn 3:19] y es el trabajo el que lo dignifica, mientras que a la mujer se le asigno la tarea de parir los hijos [Gn 3:16] y ella se redime cuando es madre [1 Tim 2:15].

El reto para el hombre no solo se trata de llevar provisión a casa, sino que está llamado a ser sacerdote de su casa, y como tal tiene las mismas responsabilidades que tenían los cohanim mientras existió el tabernáculo y luego el templo: buscar la revelación de la voluntad divina [Dt 33:8], encargarse de la enseñanza de la torá [Dt 33:9-10], impartir justicia [Dt 21:1-9Núm 5:11-13], llevar sacrificios y ofrendas [Lv 1-7Dt 33:10], distinguir entre lo puro y lo impuro [Lv 13-14], custodiar el santuario [Nm 8:262 Re 23:9] y ser los encargados de impartir bendición [Nm 6:22-27].

Y para la mujer el reto va más allá de solo “criar hijos”, ella debe serle a su esposo fuente de valor [Pv 31:10, 23], de confianza [Pv 31:11, 21] y de bien [Pv 31:12]. Las mujeres de las que habla la palabra del Eterno, tanto en el Tanaj como en la Brit hadasha (pacto renovado) no son princesas de cuentos de hadas, sino son mujeres esforzadas no solo en los quehaceres de su casa [Pv 31:15], sino que – sin perder su familia como prioridad – estudian torá [Pv 31:17, 26], trabajan [Pv 31: 13, 16-19, 24] e incluso hacen obra social [Pv 31: 12]. De hecho, la palabra que las describe en proverbios y que cada semana el esposo le recita a su esposa en la apertura de Shabat [Pv 31:10] es חָ֫יִל (Jayil, Strong 2428) que significa ejército, riquezas, valientes, fuerza, virtud y es la misma que se usa para describir a los valientes de entre el pueblo en el Tanaj.

Más maravilloso es que con todas esas diferencias, el Eterno haya tomado una genial decisión: “El hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne” [Gn 2:24] ¿Por qué habla de ser una sola carne? ¿No era suficiente ser un solo espíritu o una sola alma? Es porque en la carne están las necesidades físicas básicas (comer, dormir, reproducirse) pero también están las necesidades más complejas: reconocimiento, significancia, respeto, aprecio, comprensión, seguridad, etc.  Y es ahí cuando podemos morir a nuestras necesidades para darle al otro lo que necesita, es decir dejar de dormir para que el otro duerma, dejar de comer para que el otro coma; pero también dejar de pedir el ser reconocidos, respetados y apreciados para concentrarnos en que el otro sea reconocido, respetado y apreciado, es allí cuando realmente somos una carne y que podremos llegar a ese grado de unidad que pedía Yeshúa: “Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno:  yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí” [Jn 17:22-23]. Porque la unidad en casa y en nuestra familia, es el primer testimonio que estamos obligados a dar como creyentes.

¡Shavua tov!

Referencias

  1. Jaim Kramer, Abraham Sutton, Rebe NajmánBeilinson de Breslov. Anatomía del alma.
  2. Manis Friedman. Es que ya nadie se ruboriza. Ed Ner. 2010