Parashá

Ekev

Deuteronomio 7:12 - 11:25
Por : Natalia Lara

 

Entre gansos y niños

¿Has escuchado la historia de los gansos que siguen a un humano creyendo que es su mamá? ¿Sabias que los niños desarrollan un fenómeno parecido e imitan el comportamiento de quienes los rodean?

¿Has escuchado la historia de los gansos que tras salir del huevo siguen a un humano creyendo que es su mamá? Pues no se trata de ciencia ficción. Este fenómeno se llama impronta, y se refiere al aprendizaje que se da en una etapa específica de la vida, el cual está poderosamente influenciado por el entorno. Esta impronta tiene  un período crítico para generar ese aprendizaje, lo cual se entiende muy bien volviendo al caso de los gansos, pues si estos, no encuentran un referente al cual seguir entre las 15 horas de nacimiento y los 3 días de vida, su mente se cerrará al concepto de “madre” y nunca más podrán aprenderlo.

En los seres humanos el aprendizaje por imitación tiene un papel muy poderoso. La impronta  se evidencia muy bien en el desarrollo del lenguaje, por ejemplo, el acento puede variar hasta los 20-25 años, pero después de esa edad, no importa cuanto tiempo viva un individuo en otra región o país, no se modificará pues ya su cerebro se ha codificado para hablar con cierta entonación. Además, si se priva a un niño antes de la pubertad de la capacidad de hablar, probablemente nunca va a ser capaz de comunicarse verbalmente. Afortunadamente no se han realizado experimentos de este tipo, pero los casos de niños encontrados en la adolescencia que no tuvieron previamente lenguaje verbal, nunca pudieron aprender a hablar a pesar de que anatómicamente no tenían ningún defecto (véanse los casos  de Víctor, el niño salvaje de Aveyron; Kaspar Hausen y Genie en la ciudad, Los Angeles; s XIX).

La conducta de apego es otra evidencia fuerte de la impronta: de la relación que establezca un niño en sus primeros años de vida con su cuidador primario, se generarán modelos de trabajo interno para las relaciones que construirá en el futuro; así que, cuando el apego no es adecuado puede terminar no sólo en problemas de ansiedad o dificultades en la socialización, sino incluso, en trastornos psiquiátricos.

En la parasha de esta semana [Ekev / עקב; por causa, Dt 7:11-11:25] no sólo se repite de nuevo el Shema [Dt 11:18-20] sino que se enfatiza en la importancia de la enseñanza de la Torá a los hijos: “y las enseñarán a sus hijos hablando de ellas cuando se sienten en su casa, cuando andan por el camino, cuando se acuesten y cuando se levanten”. Y es que no hay impronta más poderosa que la educación que pueden dar los padres a los hijos desde el ejemplo cotidiano. Si bien es importante y  un mandamiento del Eterno, repetir a los hijos las palabras escritas en la Torá, no hay mejor manera de enseñarlas que mediante la vivencia diaria.

Nuestro comportamiento es el mejor patrón de aprendizaje para nuestros hijos: la manera cómo nos portamos en un servicio litúrgico (si nos salimos del servicio, si masticamos chicle o si estamos distraídos en la enseñanza) les transmitirá cual es la importancia que le damos al Eterno. Igualmente, la mejor manera de educar a un niño para ser paciente es cuando somos pacientes en la fila, podemos esperar a caminar a su ritmo y tenemos el tiempo suficiente para escucharlos. Se les enseña a no ser rebeldes, demostrando con nuestro ejemplo que cumplimos las normas de tránsito, seguimos las indicaciones dentro de la kehilah, no nos quejamos de las órdenes de nuestros jefes y sobre todo que mostramos reverencia ante la palabra del Eterno y sus enseñanzas.

Solamente así podremos ser y educar una generación diferente a aquella que señalaba Yeshúa como hipócrita: “… pero no sigan su ejemplo, porque ellos dicen una cosa y hacen otra ” [Mt 23:3]. Por el contrario, Él con su vivencia nos hace la mejor exhortación: “Aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón” [Mt 11:29]. Propongámonos ser de la generación de los que decimos aquello que hacemos, de los que repetimos el Shema porque cumplimos mandamientos y de los que enseñamos concienzudamente  a nuestros hijos,  sabiendo que los niños hacen no sólo lo que escuchan sino sobre todo lo que ven.

Shavua tov!